Las eras de la tecnología
Ian McNeil
The Science Museum, Londres
Introduction: basic tools, devices and mechanisms.
En: An Encyclopaedia of the History of Technology. Routledge, Londres 1990
Santillana
En la introducción de la obra «Enciclopedia de Historia
de la Tecnología», I. Mc Neil realiza una división
del desarrollo histórico de la técnica en siete
eras, desde la aparición de los primeros utensilios tecnológicos
hasta las nuevas tecnologías de la actualidad.
A continuación se resumen los avances técnicos
de la segunda y la tercera eras de la tecnología, que
abarcan el periodo comprendido entre los comienzos
de la manipulación de los metales y la fabricación de
las primeras máquinas.
Santillana
Vasijas y cestas
El desarrollo de la fabricación de utensilios
y armas aumentó la demanda de recipientes en
los que sacar los escombros y materiales de las
excavaciones o en los que guardar o cocinar las
piezas de caza. La cestería es característica del
periodo neolítico y es el resultado de tejer juncos
para fabricar cubiertas para el suelo de las
chozas de barro. Estos precursores de las alfombras
datan de antes del 5000 a. de C. Los
mismos tejedores aprendieron a trabajar en tres
dimensiones para confeccionar cestas en las que
almacenar el grano. Hacia el 3000 a. de C. esta
técnica estaba ya ampliamente extendida.
Del mismo modo, la cerámica, en su sentido
más amplio, no comenzó con la fabricación de
vasijas. Mucho antes de que aparecieran los primeros
recipientes, parece que en fecha tan temprana
como 25000 años a. de C., empezaron a
fabricarse pequeñas figuras en barro representando
a seres humanos, que al principio se secaban
al sol. La fabricación de vasijas, enroscando
tiras de arcilla en espiral y moldeándolas, parece
datar de antes del 7000 a. de C.; así se hacía
para moldear la arcilla hasta que tomaba la forma
del interior de una cesta. El secado al sol sería
insuficiente para producir recipientes resistentes
al agua, por lo que se hizo necesaria la
utilización de hornos en los que cocer el barro
lentamente. El horneado se utilizó por primera
vez en Mesopotamia y Persia alrededor el 4000
a. de C. y en Egipto a lo largo de los mil años
siguientes.
La evolución de la rueda
El inventor del torno de alfarero hizo algo
más importante de lo que pensaba. Una simple
mesa giratoria montada sobre un soporte central
era accionada por un ayudante para que el
alfarero tuviera las manos libres para manipular
la arcilla. Su origen está fechado aproximadamente
hacia el 3500 a. de C. en Mesopotamia,
no lejos de Sumeria, donde, por la misma época,
en Erech, se produjo otro gran avance tecnológico,
la adición de un eje al trineo, sobre el
cual podía fijarse una rueda, dando esto lugar a
una forma primitiva de carro o carretilla. Ambos
conceptos fueron precedidos por supuesto
por el uso de una piedra lisa y redonda con un
agujero en el centro que actuaba como un volante
utilizado para enrollar el hilo al tejer. Sin
duda, la carretilla de Erech no fue más que un
experimento y es seguro que la idea también se
les ocurrió a otros hacia la misma época: la tecnología
suele evolucionar así. Pero el anónimo
experimentador de Erech merece todo nuestro
agradecimiento, ya que, ¿qué haríamos hoy sin
ruedas ni ejes?
El cristal
Hasta el momento en que llegó la era del
plástico en el siglo XX, y muchos estarían de
acuerdo que incluso entonces y hasta después,
el cristal fue el material básico para la fabricación
de recipientes. Resiste todas las sustancias,
a excepción del ácido hidrofluórico. En la naturaleza
se encuentra en forma de obsidiana, una
roca volcánica con la que el hombre ha fabricado
objetos tales como las puntas de flecha. El
primer cristal fabricado por el hombre data
aproximadamente del 4000 a. de C. y son unas
sencillas cuentas de vidrio. Hasta cerca del siglo
VII a. de C. no aparecen las pequeñas jarras decoradas
asirias, hechas mediante la colocación
del cristal alrededor de un centro de arcilla que
luego se raspaba. Un gran avance fue el que supuso
el soplador de vidrio, que permitió fabricar
recipientes más grandes y de cristal más delgado.
Su origen data del siglo I, bajo el dominio
romano.
Engranajes
Acerca de cuándo y dónde se originaron las
primeras ruedas dentadas sabemos poco más
que de la invención de la rueda. Aristóteles, en
el año 384 a. de C., recordaba haber visto una
hilera de ruedas de fricción en movimiento, es
decir, una serie de ruedas contiguas de bordes
suaves, pero sin dientes. Tesibio de Alejandría
construyó, según Vitruvio, un reloj de agua con
engranajes hacia el 150 a. de C. En él se había
montado una primitiva forma de cremallera sobre
un tambor flotante y engranada sobre un
tambor giratorio que la hacía rotar. Ésta es la
primera referencia que tenemos de los engranajes
dentados, si bien no se ofrecen datos sobre
los materiales empleados.
Más tarde se fabricaron engranajes en dos
materiales distintos: la madera, para las grandes
máquinas transmisoras de energía, y el metal,
generalmente bronce o latón, para instrumentos
de medición del tiempo y otros relacionados
con la astronomía. El primer «engranaje matemático
», nombre que recibe este último tipo de
engranaje, es probablemente el mecanismo de
Antikythera, actualmente en el museo arqueológico
nacional de Atenas, que toma su nombre
de la isla en la que fue encontrado entre los restos
de un naufragio en el año 1900 d. de C. y
que parece datar del siglo I a. de C. Se supone,
dada la complejidad de este mecanismo, del que
sobreviven nada menos que treinta y una ruedas
dentadas, que no debió ser ni mucho menos el
primer ejemplo y que para esa época existía ya
una tradición bien establecida de fabricación de
engranajes matemáticos. Los dientes de tan antiguos
ejemplos de engranajes se limaban haciendo
el perfil del diente plano y dándoles un
ángulo de aproximadamente 90 grados. [...]
Las primeras máquinas en Egipto
No fue hasta la época de Cristo cuando Herón
de Alejandría clasificó como las cinco máquinas
básicas la palanca, la rueda y el eje, la cuña,
la polea y el tornillo, si bien las tres
primeras ya se venían utilizando comúnmente
desde el 3000 a. de C. aproximadamente. El
shaduf para regar y la balanza para pesar fueron
posteriores aplicaciones de la palanca. Fue hacia
esta época, como ya se ha mencionado anteriormente,
cuando aparecieron los primeros
documentos gracias a la invención sumeria de
la escritura cuneiforme, normalmente plasmada
en tablas de arcilla. Durante el mismo periodo
se produjeron los primeros intentos de estandarización
de las medidas de peso y de longitud, el
palmo, el paso, la pulgada y el codo, todas ellas
basadas en partes del cuerpo humano e inventadas
por los egipcios.
Los egipcios fueron también los primeros
constructores a gran escala, para lo cual utilizaron
grandes masas de esclavos como mano de
obra en vez de maquinaria o de trabajadores
profesionales. Por ejemplo, no se utilizaron
poleas para levantar los miles de enormes bloques
de piedra caliza empleados en la construc
ción de las pirámides. La gran pirámide de
Keops ocupaba 5,3 hectáreas y contenía unos
2.300.000 bloques de una tonelada cada uno.
Medía 146 m de alto. Aunque hubiera constituido
un avance normal en una civilización que
ya contaba con la rueda, la polea no era conocida
por los egipcios. [...]
A pesar de la aparición del fuelle, primero
manejado a mano y más adelante con el pie, los
objetos de hierro tenían un tamaño bastante reducido
incluso hacia el final de imperio egipcio,
esto es, hasta aproximadamente unos 600 años
a. de C. Los taladros, cinceles, escofinas, bisagras
para puertas, filos para el arado, rodamientos,
ejes y azadas son típicos ejemplos. La madera
y la piedra eran los principales materiales
utilizados por los egipcios. El hierro fundido,
sin embargo, ya había sido descubierto por los
chinos en el siglo IV a. de C.
Grecia y Roma
Los griegos eran grandes constructores pero,
salvo algunas excepciones, como, por ejemplo,
Arquímedes, eran científicos teóricos más
que tecnólogos prácticos. Su contribución a
ciencias como las matemáticas y la astronomía
fue considerable, por no mencionar la filosofía,
pero no fueron grandes inventores, excepto
quizás en la fabricación de artefactos mecánicos
que sirvieran para impresionar a los plebeyos
que se acercaban a los templos a rendir culto y
hacer que se sobrecogieran por un respeto reverencial.
Algunos de estos artefactos se basaban
en juegos de contrapesos, pero más común
era el uso de aire o de agua caliente, incluso de
vapor, así como una especie de molino de viento.
Los romanos, aunque eran más prácticos,
tampoco inventaron grandes cosas, si bien hicieron
grandes esfuerzos por adaptar los principios
que los griegos sólo utilizaban para los «juguetes
» de sus templos, aplicándolos a gran
escala en aras del «bienestar público».
Los imperios griego y romano duraron
aproximadamente unos mil años, desde el 600
a. de C. al 400 d. de C., periodo durante el cual
los chinos lograron grandes avances tecnológicos.
Ellos ya tenían fundición (un tipo determinado
de hierro, con contenido en carbono del
1,7 al 4,5 %) en el año 350 a. de C., unos trece
siglos antes que en occidente; ellos desarrollaron
los fuelles de doble acción; empezaron a fabricar
acero en el siglo II a. de C. e inventaron
el papel hacia el 100 d. de C. La pólvora, utilizada
sobre todo para los fuegos artificiales, es
otro invento chino. Resulta sorprendente que
tan poco de todo ello fuera transferido a occidente
a pesar de los muchos viajeros que realizaban
la ruta de la seda. Pero éstos eran en su
mayoría comerciantes o enviados reales o papales.
La tecnología quedaba quizá por encima
del nivel intelectual de los mercaderes y no era
del interés de los enviados papales. Marco Polo,
por ejemplo, habla en sus Viajes, recogidos por
Rustichello de Pisa en 1298-1299, de las glorias
arquitectónicas, costumbres, armas y armaduras,
comidas, piedras preciosas, cultivos, historia
natural, gobiernos y gobernantes, pero rara
vez, si es que hay alguna, habla del progreso
tecnológico en los veinte años que pasó recorriendo
el Oriente Medio, la India y China.
Un invento práctico de los griegos fue la
noria horizontal, precursora de la turbina, actualmente
más conocida como molino escandinavo.
Ésta fue la primera forma de tracción de
origen no animal, a excepción tal vez de los
barcos de vela utilizados por los egipcios allá
INFORME
Santillana
por el 2500 a. de C. Su uso se extendió hacia todo
el norte de Europa. Excepto en el caso del
eje de la rueda del molino y los rodamientos,
que solían ser de hierro, prácticamente toda la
construcción estaba realizada en madera, material
que se convirtió en la base para la fabricación
de molinos durante los mil años siguientes.
El molino romano, descrito por Vitruvio
aproximadamente hacia el 180 d. de C., fue la
primera máquina en la que los engranajes se
utilizaron para transmitir energía. Este molino
tenía una rueda vertical que movía la piedra horizontal
superior mediante engranajes. Sin embargo,
los romanos contaban con suficientes esclavos
como para no verse obligados a invertir
en maquinaria para ahorrar mano de obra. Los
molinos de agua o norias no aumentaron notablemente
su número hasta los siglos IV y V d.
de C., ya hacia el final del Imperio Romano. El
Domesday Book, el registro catastral completado
en el año 1086 d. de C., registra la existencia
de 5.600 molinos en uso sólo en Inglaterra, la
mayoría de ellos utilizados para moler el maíz,
aunque posiblemente algunos de ellos se utilizaban
también para moler minerales o forjar
martillos.
En cuanto a la construcción de edificios, los
romanos utilizaban grúas habitualmente equipadas
con una rueda que movía el cabrestante,
mientras la cuerda se enrollaba en una polea.
Las grúas más potentes podían levantar unas
seis toneladas de peso. Los bloques de piedra
eran levantados por medio de un «lewis», una
ensambladura de cola de milano en la que se insertaba
un ancla de metal en forma de cuña,
que se mantenía en su lugar mediante una llave
situada paralelamente. La llave se aflojaba para
soltar el ancla en forma de cuña una vez la piedra
había sido colocada donde se deseaba, incluso
bajo el agua.
Además de la extensa red de carreteras que
cruzaba todo el Imperio Romano, y en la que se
incluían numerosos puentes, se contruyeron
una gran número de acueductos para abastecer
de agua a las ciudades. La construcción de
puentes sobre los ríos a menudo implicaba la
preparación de diques encofrados para pilares
de madera, sellados con arcilla, para lo cual se
utilizaban dos máquinas: una para mover las vigas
y otra conocida como el «caracol» o tornillo
de Arquímedes, que drenaba el agua una vez
completado el cofre.
El abastecimiento de agua era de enorme
importancia, dado que los romanos de las ciudades
utilizaban más de 270 litros por persona y
día. Roma, en el siglo cuarto d. de C., contaba
con 1350 fuentes y 850 baños públicos, y el
agua corriente se utilizaba también para limpiar
las numerosas alcantarillas. Algunas casas de
Pompeya tenían hasta treinta grifos cada una.
La frecuente utilización de cañerías de plomo
para la distribución del agua, lo que producía la
contaminación del agua por el plomo y el daño
cerebral subsiguiente, se considera por algunos
como una de las causas de la decadencia del imperio
romano.
La Alta Edad Media
Las últimas tropas romanas abandonaron
Gran Bretaña en el 436 d. de C. y todos los
contactos entre este país y Roma dejaron de
existir en el 450. El legado romano de carreteras,
puentes y acueductos desapareció en gran
medida, pero buena parte de los conocimientos
fueron conservados así como las técnicas para
ponerlos en práctica. Muchos de los oficios
fueron conservados por las órdenes monásticas,
que se enriquecieron gracias a los productos
que fabricaban, pero sobre todo gracias a
las norias de agua que construían y hacían funcionar.
Los romanos, por ejemplo, habían reemplazado
el molino de medio caballo de potencia (o
un burro de potencia) de los griegos y escandinavos
por el molino de Vitruvio, que generaba
hasta tres caballos de potencia. Como la civilización
no podía depender ya de grandes cantidades
de esclavos, se hizo necesaria toda la mecanización
posible, por lo que los sucesores de
los romanos continuaron construyendo molinos
de agua. En la época del registro del Domesday,
la población de Inglaterra, desde el sur del
Severn al Trent, era de millón y medio, existiendo
por tanto un molino por cada 250 personas,
la mayoría de ellas dedicadas a moler el
maíz. Más tarde, a partir del 1000 d. de C., los
molinos fueron utilizados para la fabricación de
cerveza y tejidos, especialmente tejidos de lana.
También se utilizaron posteriormente para los
martillos y los fuelles de forja, para la fabricación
de papel, para machacar corteza de árbol y
tinturas para curtir las pieles, para moler pigmentos,
para fabricar cubiertos, para el riego y
abastecimiento de agua, y para aserraderos, tornos
y alambradas. En el siglo XII los ingenieros
centraron su atención en dominar la energía
del viento, lo que dio como resultado los primeros
molinos de viento. También existían
molinos que utilizaban la marea del mar, pero
tenían la desventaja de que su funcionamiento
variaba según los días. La primera mención del
molino de viento data de 1.180, en Normandía.
Su tamaño y por tanto su potencia eran limitados,
pero los molinos de viento en forma de torre,
que aparecen por primera vez en el siglo
XIV, llegaron a duplicarla o triplicarla. Su uso
no se generalizó hasta el siglo dieciséis, especialmente
en los Países Bajos. Naturalmente, la
mayoría de los inventos de esta época estaban
relacionados con la agricultura, la producción
textil o la construcción, aparte de las aplicaciones
militares. El rendimiento agrícola mejoró
de forma importante con los arreos para el caballo,
que transferían la carga del cuello del caballo
a sus hombros, no obstaculizando por
tanto su respiración. Aunque su alimentación
era más costosa, dado que necesitaba avena, el
caballo fue ocupando cada vez más el lugar del
buey, y las herraduras sustituyeron a las anteriores
sandalias de cuero o esparto que se habían
utilizado para calzar a los caballos. El pesado
arado de ruedas y la rastra hicieron también su
aparición y contribuyeron a aumentar la producción.
Se introdujo también el sistema de rotación
de cosechas en los campos. En el aspecto
militar, los estribos mejoraron la sujeción del jinete,
permitiéndole empuñar con más fuerza el
arma que llevaba en la mano, ya fuera una espada,
un hacha o una lanza. [...]
Cinco siglos más tarde de que apareciera en
China, es decir, en el siglo XIII, fue adoptado en
Europa el timón montado sobre un eje en la
popa del barco. Esto mejoró sustancialmente el
remo de dirección, ya que cubría un área mayor
y al estar situado bajo el nivel del agua, se veía
menos afectado por las olas. El perfeccionamiento
de las jarcias, que tuvo lugar al mismo
tiempo, y el aumento del tamaño del casco del
barco posibilitaron la realización de viajes más
largos. Las propiedades de la piedra imán ya
eran conocidas en tiempos de los romanos, pero
hasta finales del siglo XII la brújula no comenzó
a utilizarse en Europa como instrumento
de navegación. El primero en cruzar el
Atlántico, en 1492, fue el genovés Cristóbal
Colón, entonces al servicio de la corona española.
Él observó la diferencia entre el norte
magnético y el norte real, un hecho que ya se
conocía pero que él pudo confirmar entonces
desde una posición diferente. [...]
Además de por la construcción de muchos
castillos fortificados y algunas destacadas mansiones
feudales, los siglos XII y XIII se caracterizaron
porque en este periodo se alcanzó la
cumbre en la construcción de muchas catedrales
europeas, maravillas arquitéctonicas cuya
esbelta majestuosidad parecía desafiar las leyes
de la naturaleza. Una de las más grandiosas y
elocuentes es la catedral de Chartres, iniciada
en 1194 y terminada en 1260. En el más prosaico
ámbito de la arquitectura privada, la utilización
de las chimeneas, que comenzó sobre el
1200, aumentó considerablemente el confort
de los ocupantes. Otra mejora fue la introducción
a pequeña escala del cristal para las ventanas.
Aunque el invento data de la época de los
romanos, su uso no se popularizó hasta el siglo
XVII. Las vidrieras, por supuesto, fueron anteriores:
su uso se remonta a la catedral de Augsburg,
en 1065.
La tercera era: La edad de las
primeras máquinas
La medida del tiempo
La historia de la medida del tiempo, al menos
de la medida del mismo por medios mecánicos,
es en gran parte la historia de la fabricación
de los instrumentos científicos. Aunque
algunos científicos ya habían inventado los instrumentos
que necesitaban para la observación
de los astros, se desarrolló un gremio distinto
de artesanos con la habilidad necesaria para
trabajar el latón y el hierro, pulir las lentes ópticas,
fabricar los engranajes, etc. Es imposible
determinar si fue un científico o un artesano el
que calculó por primera vez la diferencia de
diámetro que era necesaria en las paredes de un
reloj de agua egipcio para asegurar el flujo
constante de agua a través del agujero del fondo
a medida que la cantidad de agua disminuía.
Pero los relojes de agua, como los de vela y los
de arena, fueron los primeros artefactos de medición
del tiempo que podían utilizarse en ausencia
del sol, tan necesario en el caso del obelisco,
el palo de sombra y el reloj solar. Una vez
calibrados de acuerdo con una medida solar de
tiempo, podían utilizarse en cualquier momento
de forma independiente. Por otro lado, los
relojes de sol de bolsillo fueron posibles una
vez la aguja de compás estuvo disponible, a partir
del siglo XI d. de C. En tiempo de los romanos,
el reloj de agua se había perfeccionado al
fabricar el agujero de salida con una gema, superándose
así el problema del desgaste, tal y
como harían más adelante los fabricantes de relojes
mecánicos, que utilizarían cojinetes fabricados
con joyas.
El reloj de arena tenía una ventaja frente al
de agua: no se congelaba si el clima era frío. Sin
embargo, dejaba entrar la humedad, hasta que
el arte del cristalero consiguió sellar el cristal
INFORME
del reloj. Había que tener mucho cuidado de
secar la arena antes de sellar el cristal. Los relojes
de vela, debido a su coste continuado, quedaban
sólo al alcance de los ricos.
En Occidente, los relojes mecánicos se fabricaron
al principio en los monasterios y otros
centros religiosos en los que las oraciones debían
rezarse a ciertas horas del día o de la noche.
Al principio, eran accionados por un peso
y consistían en pequeñas alarmas que despertaban
a la persona que debía tocar la campana
que avisaba a los monjes de la hora de oración.
Los grandes relojes de los monasterios cuyas
campanas debían avisar a todos no tenían sin
embargo esferas ni manillas. Su origen data del
siglo XIV. Cuando empezaron a instalarse relojes
municipales para toda la población, continuaba
la misma costumbre, dado que la población
analfabeta no era capaz de leer los
números de una esfera, pero sí podía reconocer
y contar las campanadas. Los pesos que hacían
funcionar el reloj también se utilizaban para la
operación de hacer sonar las campanas y controlaban
la velocidad del movimiento mediante
un escape. Las esferas y las manillas empezaron
a ser añadidas a los relojes más tarde, como
ocurrió en Wells y Salisbury, en 1386 y 1392
respectivamente. Lo mismo ocurrió con los
muñecos que vistosamente ataviados aparecían
y golpeaban con un martillo para marcar las
horas acordadas. [...]
Las observaciones de Galileo sobre la lámpara
basculante del altar de la catedral de Pisa
marcaron el comienzo de la utilización del péndulo
como medio para controlar la velocidad de
los relojes. Como él no tenía reloj, controlaba
el movimiento de la lámpara con su propio pulso
y así estableció el tiempo del movimiento de
un péndulo, descubriendo que variaba no conforme
a su amplitud, sino dependiendo de la
longitud del péndulo. El astrónomo holandés
Christiaan Huygens llevó este conocimiento a
buen efecto cuando construyó el primer reloj
de péndulo en 1656. Pasados veinte o treinta
años, el promedio de error de un buen reloj se
redujo de unos quince minutos a menos de
quince segundos en un día. El péndulo constituyó
un gran avance, pero, al igual que el peso,
sólo podía aplicarse a relojes fijos e inmóviles.
El mecanismo de cuerda fue utilizado por
primera vez en sustitución del peso descendente
por Filipo Brunelleschi para un reloj construido
hacia 1410; el problema de la disminución
de fuerza de la cuerda al ir desenrollándose
fue resuelto poco después gracias a la incorporación
de una bobina cónica. El escape fue sustituido
por otro en forma de ancla que reducía
notablemente el arco del péndulo, cuya invención
se debe a William Clement en 1670. Fue
Robert Hooke el que en 1658 diseñó el muelle
de balanza para accionar el escape, haciendo innecesario
desde entonces el uso del péndulo.
Esto permitía por primera vez la fabricación de
relojes portátiles y de bolsillo. Huygens fue de
nuevo uno de los primeros en fabricar un reloj
con muelle de balanza, pero esto no ocurrió posiblemente
hasta 1674, poco después de la invención
de Hooke. Por fin era posible, gracias a
un muelle principal y un muelle de balanza, un
instrumento para medir el tiempo con total independencia
de la fuerza de la gravedad. Para
los marineros eran necesarios relojes exactos
que pudieran funcionar en alta mar para calcular
la longitud. Este tipo de reloj fue fabricado
por John Harrison en 1761 y ello le permitió
ganar el premio de 10.000 libras que ofrecía el
gobierno británico. Durante un viaje de nueve
semanas a Jamaica, no se retrasó más que cinco
segundos, el equivalente a 1,25 minutos de longitud.
Los primeros relojes de bolsillo, que podían
considerarse bastante pequeños comparados
con los anteriores, fueron los «orlogetti» italianos,
pero fue Nuremberg, en Alemania, la ciudad
que se convertiría en el más importante
centro de fabricación de relojes a principios del
siglo XVI. Hacia el 1525 existían ya otros centros
en Francia, concretamente en París, Dijon
y Blois. La supremacía alemana fue rápidamente
eclipsada, como consecuencia de la Guerra
de los Treinta Años, que finalizó en 1648. Para
entonces, muchos fabricantes franceses de relojes,
que eran hugonotes, habían abandonado el
país, estableciéndose algunos de ellos en Ginebra:
así comenzó a constituirse la industria que
haría famosa a Suiza. Otros se marcharon a
Londres, principalmente a Clerkenwell, lo que
supuso un estímulo importante para el negocio
relojero de Inglaterra.
Al principio, los fabricantes de relojes procedían
en gran parte de oficios como el de herrero,
armero o cerrajero y eran artesanos itinerantes,
dado que los relojes municipales y los de
los monasterios debían construirse en el mismo
lugar en el que iban a quedar instalados. Sólo
más tarde, cuando las piezas se hicieron más pequeñas,
los clientes pudieron sacarlos del taller
del fabricante o les fueron entregados a los
usuarios ya terminados y funcionando. Los fabricantes
de los primeros instrumentos científicos
provenían de los mismos campos. Entre estos
instrumentos estaban los globos terrestres,
las esferas celestes, astrolabios, esferas armilares
y modelos mecánicos del sistema solar para
los astrónomos, así como cadenas, podómetros,
cuadrantes, circumferímetros, medidores de
ángulos, y tablas planas y alidadas para investigadores
y cartógrafos. Junto a la Honorable
Asociación de Relojeros, una corporación fundada
en 1631, coexistía la Compañía de Fabricantes
de Lentes, cuyos miembros fabricaban
telescopios para el estudio de los cielos y microscopios
para penetrar en los más minúsculos
misterios de la naturaleza. Ambos instrumentos
parecen haber tenido su origen en los talleres
de fabricantes de gafas de la ciudad holandesa
de Middleburg.
Óptica
El telescopio se creó, según cuenta la historia,
en la tienda de Johannes Lippershey, un fabricante
de lentes de Middleburg, en 1608. Dos
niños que estaban jugando, pusieron una lente
detrás de otra, alineándolas, y descubrieron que
la veleta de la lejana torre de la iglesia aumentaba
milagrosamente de tamaño. Lippershey confirmó
que era así y montando las lentes en un
tubo comenzó a fabricar telescopios con fines
comerciales. Aunque solicitó la patente, no le
fue concedida dado que otros fabricantes de
lentes holandeses se opusieron. El secreto se
descubrió y un año más tarde el «cilindro» holandés
fue expuesto en la feria de Frankfurt, salió
a la venta en París, pudo verse en Venecia y
Padua, y, a finales de 1600, se fabricaba ya en
Londres.
Estos telescopios se fabricaron sin tener
prácticamente ningún conocimiento acerca de
los principios de la óptica: sólo era necesario ser
experto en fabricar y pulir las lentes, un trabajo
meramente artesano. Se desconoce quién fue el
verdadero inventor del microscopio, si bien
fueron varios los que reclamaron el invento como
suyo. Galileo, en 1614, relata haber visto
«moscas que parecían del tamaño de corderos»
a través de un telescopio con un tubo alargado,
pero Zacarías Jansen, uno de los fabricantes de
lentes de Middleburg y contendiente de Lippershey
sobre la paternidad del telescopio, es
un posible candidato. Entre los primeros usuarios
se encontraron sin duda Robert Hooke,
quien utilizó un instrumento fabricado por él
mismo para realizar las investigaciones publicadas
en su obra Micrografía, de 1665, y Anton
van Leeuwenhoek, de Delft, quien en 1678 realizó
sus observaciones para la Royal Society
mediante un sencillo microscopio. [...]
La imprenta
Uno de los inventos más importantes de la
Edad Media y sin duda el que más se extendió y
tuvo un efecto más perdurable en las vidas de
todos los hombres y mujeres que nacerían después
fue el proceso de imprenta desarrollado
hacia 1440 por Johannes Gutenberg, un orfebre
de Mainz, Alemania. El éxito de este inventó
no hubiera sido posible sin la invención del
papel, cuyo conocimiento llegó a Alemania cerca
de 1320. El libro impreso fomentó extraordinariamente
la difusión del conocimiento, sustituyendo
así a la lenta, laboriosa y costosa tarea
de copiar manuscritos, llevada a cabo en los
monasterios sobre los caros y escasos pergaminos
que se fabricaban con las pieles de ovejas y
cabras o vitelas de ternero. La imprenta de tipos
móviles requería una serie de inventos nuevos
aparte de los que se habían utilizado para la
impresión por bloques en China, e incluso en
Europa, de las ilustraciones de los libros, mapas
y moneda. Implicaba procesos mecánicos de
cortar trozos de latón o cobre y más tarde de
hierro, cada uno para una sola letra; éstos se colocaban
en las placas de cobre para formar los
moldes en los que insertar el metal fundido a
partir del latón, plomo y antimonio. Las letras
tenían el mismo corte transversal y la misma altura
para poder colocarse en cualquier orden y
que fueran intercambiables. Después se colocaban
en planchas para formar los bloques de letras
que constituirían las páginas, se mojaban
en tinta y se presionaban sobre las hojas de papel
de la prensa. La fabricación de los tipos, la
colocación en planchas, la elección de la tinta y
el uso de la prensa fueron todas ellas fases que
Gutenberg tardaría años en desarrollar, no sin
grandes costes y considerables pleitos en los
que perdió parte de su maquinaria y de su organización
a manos de Fust, inversor que había
puesto dinero en el proyecto, y de Peter Schöffer,
capataz de la fábrica de Gutenberg. La popularidad
de este invento puede juzgarse a través
de su rápida difusión. En 1500, sólo
cuarenta y seis años después de que Gutenberg
publicara el primer libro, ya existían 1.050 imprentas
en Europa. En Inglaterra, el primer libro
fue imprimido por William Caxton en su
imprenta de Westminster en el año 1474.
INFORME Santillana